UN ROTO PARA UN DESCOSIDO
Rebeca llegó a
casa, se despojó de los zapatos —tirándolos de cualquier manera en la
entrada—
y se sentó frente al ordenador. Llevaba esperando todo el día ese momento (en
el trabajo casi no se había podido concentrar). Las tentaciones de entrar en Twitter
fueron como un Pepito Grillo continuo, pero —como su jefe era de los que
estaba todo el día encima— no pudo escaparse ni un momento del Call Center.
Esperó —impaciente— a que la pantalla cobrara vida, y clicó
en el Google Chrome antes de tiempo provocando que le saliera el círculo junto
a la flecha que indicaba que aún se estaba cargando. Sus tripas se movieron,
demasiadas horas sin comer. Pero tenía que contestar al mensaje directo que le
había llegado de @Lordrubencio. Desde el móvil no pensaba responder: entre los
nervios, el corrector y sus dedos de elefante, podía escapársele algo indebido,
y no quería causar mala impresión.
Era el primer hombre que había querido conocerla en esa red social. Sus
amigas siempre le aconsejaban que pusiera otra foto, o que usara el Photoshop
al menos. No obstante, ella no quería engañar a nadie, era difícil de ver (fea
era una palabra que no le gustaba). ¿De qué le servía que centenares de chicos
le tiraran los trastos si lo hacían motivados por una imagen falseada?
Rubén era diferente: estaba por encima de toda esa superficialidad. Se
preguntaba cuál sería su aspecto. Su avatar reflejaba la sombra de un hombre
con sombrero de copa, frac y bastón; era misterioso, activaba su imaginación.
No esperaba que fuera como Brad Pitt, aunque en su mente era atractivo, por
supuesto.
Empezó a teclear, frenética, intentando no parecer desesperada y a la
vez mostrándose accesible. Él le había propuesto una cita para el fin de semana
ya que, por lo visto, tenía planeado acercarse a Madrid.
Aceptó, pletórica, pensando en llamar a su amiga Sara para que la
acompañara de compras (quería estar presentable). También iría a la peluquería:
se daría color y pediría que le modernizaran el corte. En tres días no le daría
tiempo a adelgazar demasiado, pero Sara era una maestra disimulando
imperfecciones con los modelitos.
—Unos leggins negros con una camisola ancha disimulará que no tienes
cintura; unas mechas estratégicas que den volumen óptico a tu cabello
disimularán tu falta de pelo –le aconsejó por teléfono excusándose por no poder
auxiliarla en la renovación.
—¿Crees que le gustaré? ¿Que no se asustará?
—A ver, Rebe, ha visto la foto; si con eso no se ha asustado ya…
—Vaya, gracias –alegó, ofendida.
—No seas tonta mujer, lo digo en el buen sentido; seguro que le
encantas, siempre hay un roto para un descosido.
Rebeca puso los ojos en blanco, odiaba esa frase. ¿Qué narices quería
decir?, ¿que era una causa perdida?, ¿alguien que no merecía sino las sobras de
lo que las guapas no querían?
Se despidió
enfadada y desmoralizada. Empezaba a pensar que lo de la cita a ciegas no había
sido una buena idea.
Rubén tarareaba
La lista de la compra de La Cabra
Mecánica y María Jiménez mientras conducía despreocupado. Estaba impaciente por
conocer en persona a Rebeca, una mujer que parecía cumplir todas sus
expectativas. Esperaba gustarle, se había puesto sus mejores galas. La llevaría
a cenar al Camoatí, un restaurante de inspiración argentina que le costaría una
pasta, y por el que había tenido que rogar mesa al no haber reservado con la
antelación suficiente. No había buscado hotel, esperaba invitación, y si no,
volvería a Campo de Criptana con el rabo entre las piernas, literalmente. Pero
eso no pasaría, Rebeca sería considerada (después de casi dos horas de viaje). Además,
pasaría a buscarla a Leganés —lo cual sumaría otra media hora al
trayecto—
para llevarla hasta el mismísimo barrio de La Latina.
Una vez llegado al destino aparcó, añadiendo más minutos de rodaje al
coche, y se dirigió a la Plaza Mayor, frente al Ayuntamiento: su punto de
encuentro.
Allí estaba, colosal, única. Le gustaban las mujeres grandes, de curvas
generosas. Sus devaneos adelante y atrás revelaban su impaciencia.
Como no tenía ni idea de cuál era su aspecto, aprovechó la ventaja para
observarla a su antojo. Llevaba el pelo más corto y cuidado que en la imagen
que le había eclipsado, ¿se lo habría arreglado para él? Decidió poner fin a su
agonía y se puso a su lado, a traición, intentando que ella no le viera
aproximarse.
—Hola, Rebeca.
La mujer se giró, asustada, vulnerable.
—Hola, Rubén –dijo tímida, con una sonrisa a medias.
—Encantado. –Rubén le cogió la mano y se la besó, haciendo una ligera
reverencia y sin dejar de mirarla a los ojos—. ¿Llevas mucho rato esperando?
—Acabo de llegar –alegó en un susurro.
Rubén sonrió, complacido. Parecía nerviosa, y eso, sin duda, era buena
señal. La noche se ponía interesante.
Rubén no estaba
mal, aunque un poco mayor para ella. Tenía el pelo canoso —lo
que era un punto a su favor porque le parecía muy sexy—, pero era muy larguirucho;
parecían la gorda y el flaco. Y vestía como su padre, lo cual restaba un poco; sin
embargo, en el cómputo total, estaba aceptable.
El sitio al que la había invitado no iba mucho con su estilo, pero
apreciaba el esfuerzo: se notaba que quería impresionarla. La comida era buena,
sí, aunque no muy abundante; el provolone con tomates secos y miel que pidieron
de entrante le había dado apenas para un diente.
—Qué ven mis ojos, menuda sorpresa. —Sara, su amiga, estaba de pie
frente a su mesa haciendo un reconocimiento visual intenso a Lordrubencio.
—Este es Rubén, y ha venido desde Ciudad Real –dijo nerviosa, sin saber
muy bien porqué había añadido lo último.
—Vaya, sí que se ha molestado; —Sara fingió sorpresa—; ¿lo ves? Siempre
hay un roto para un descosido. —Sara giñó un ojo a su amiga, que
enrojeció de vergüenza ante el comentario—. Que paséis buena noche, ya me
contarás.
Rubén esperó a que el cuerpo esbelto de su amiga desapareciera por la
puerta, en la que le esperaba un flamante chico de pelo rubio, cual Barbie y
Ken.
—¿Quién era esa estirada?
—Una amiga. –Las mejillas le ardían; si pudiera chiscar los dedos y
desaparecer…
—Pues menudas amigas te gastas.
A Rebeca, que se sentía humillada y hundida, le resbaló una lágrima por
la mejilla.
—No llores, preciosa. Tu caballero te vengará. –Rubén le guiñó un ojo,
consiguiendo sacarle una sonrisa.
Tenía razón, no merecía la pena. Disfrutarían la velada, y que les
quitaran lo bailado.
La noche con
Rubén había sido maravillosa, intensa. Resultó ser un amante dedicado que la
había subido al séptimo cielo. Claro que solo tenía una experiencia con la que
comparar, pero ni de lejos. La cama estaba revuelta, hacía un rato que se había
marchado alegando asuntos importantes. No se imaginaba qué tendría que hacer un
domingo, aunque no puso objeciones, no quería agobiarle. Quizá solo había
querido de ella su cuerpo… se rio ante tal pensamiento; no podía ser, para eso
le hubiera salido más barato pagar a una prostituta en su pueblo.
La tenía intrigada. Después de hacer el amor le había pedido su
biografía al completo, indagando en su amiga Sara. ¿Le habría gustado más que
ella? En fin, si era así, perdía el tiempo.
Se levantó para
darse una ducha tarareando la canción de Life
is life de Opus.
Un hombre tenía
que hacer lo que tenía que hacer por su mujer. Defenderla a capa y espada,
amarla, protegerla. No iba a dejar que nadie la lastimara. Estaba hasta el
infinito y más allá de aguantar desprecios de gente que, por su físico, se
creía mejor. En el colegio había tenido que soportar motes por sus orejas de
soplillo, Dumbo le llamaban; en el
instituto había sido El Pértiga. Hacía tiempo que la sed de
venganza se había despertado en él, y no dejaba pasar ni una.
Había entrado sin dificultad, la puerta no era de seguridad. Pero
bueno, siendo cerrajero profesional, ninguna se le hubiera resistido. Revisó la
casa con sigilo, comprobando que fuera cierto que, a esas horas, no hubiera
nadie. Según Rebeca, los domingos pasaba el día con sus padres. Aprovechó la
soledad para fisgar sus fotos. Era una chica muy atractiva, aunque también
prepotente y soberbia; él le bajaría los humos. No haría nada drástico, al fin
y al cabo, su mujer hablaba con cariño de esa tal Sara, y su intención no era
disgustarla, sino que las tornas se cambiaran.
Se escondió bajo la cama y esperó con la jeringuilla en la mano. Era
una suerte ir siempre preparado en el coche. En un principio pensó que, si
Rebeca resultaba ser de esas que despreciaban a los que no entraban dentro de
sus cánones de belleza, la usaría con ella para obtener lo que deseaba, que el
viaje bien valía un rato de desahogo. Pero, al resultar ser una dama
inteligente y servicial, le sobraba para su obra maestra. Lo iba a bordar.
Cuando la madre
de Sara le contó lo sucedido no se lo podía creer. ¿Qué clase de desalmado
llenaría de cicatrices ese rostro que parecía esculpido por el mismísimo Miguel
Ángel? No quería ni pensar la angustia que debía haber pasado su amiga al
mirarse en el espejo por la mañana.
Y su melena —larga, sedosa, rubia— cortada a trasquilones. Quien hubiera
hecho aquello no tenía perdón.
El timbre del telefonillo del portal sonó.
—Hola, amor. –La voz de Rubén le sacó una sonrisa. ¿Amor? Bueno, iba
demasiado rápido, aunque tampoco tenía edad para perder el tiempo. Pero… ¿acaso
no había regresado ayer a su casa?
Rebeca abrió la puerta, confundida. A ver si había dado con un
acosador…
—Lucerito, he venido a buscarte, una bella dama no debería dormir en
una cama fría.
—¿Has venido a pasar la noche? –La mujer parpadeó, perpleja, todavía
sujetando la puerta, indecisa; era todo tan surrealista.
—He venido a llevarte a mi castillo, princesa. –Rubén dio un paso hacia
ella y la besó en los labios.
—Pero, yo trabajo mañana…—Rebe cerró y miró a su pretendiente, que
había entrado con confianza, como si se conocieran de años.
—¿Trabajar? Conmigo no lo necesitarás. –El hombre le cogió las manos,
con un brillo de esperanza en la mirada.
—Yo…tengo que pagar la hipoteca, sí que necesito trabajar. –La mujer se
soltó y se dirigió al salón a sentarse, esas cosas no se podían hablar en el
pasillo. Además, le parecía que se estaba mareando, ¿ese hombre hablaba en
serio de vivir juntos? Por favor, ¡ni siquiera ella estaba tan desesperada!
—Vamos, palomita, te haré feliz, sabes que sería capaz de cualquier
cosa por ti. –Se sentó a su lado, insistiendo en sostenerle las manos.
Empezó a ponerse nerviosa, no era capaz de procesar su petición tan
rápido. Para una vez que conocía a alguien, y tenía que estar majareta perdido.
—A ver, Rubén, tú me gustas, y mucho, pero nos conocemos de una noche.
—No necesito saber más de ti, eres la mujer de mis sueños.
¿La mujer de sus sueños? Toda esa cursilería no iba con ella. Solo
pedía un hombre vulgar, que quisiera echar un polvo dos veces a la semana, que
dejara los calzoncillos sucios por el suelo y, de vez en cuando, se corriera
alguna juerga con sus amigos, lo que tenían todas las mujeres de su quinta.
¿Era exigir demasiado?
—Mira, creo que estás yendo demasiado deprisa. Necesito tiempo –mintió,
el encanto de Lordrubencio se había acabado para siempre.
—¿No te gusto?, ¿no te parezco suficiente hombre? –Rubén se levantó,
airado, con los ojos a punto de salirse de las órbitas.
Rebeca se asustó, no le gustaba la forma en que la miraba.
—Eres igual que tu amiga, superficial, vacía, pero tú eres mía ya, para
siempre. –Rubén sacó una jeringa del bolsillo de su chaqueta.
Rebeca no tenía escapatoria. En un segundo comprendió quién le había
hecho aquello a Sara, y supuso también lo que le esperaría a ella, o puede que
algo peor. Pensó rápido en una solución mientras el hombre se acercaba hacia
ella. Siempre le habían dicho que tenía mucha psicología…
—No necesitas eso para que sea tuya.
—No intentes engañarme, no soy estúpido.
Rebeca cambió su mueca de terror en un gesto lascivo, al tiempo que se
quitaba con sensualidad la camiseta.
—Cómo me pone un hombre que es capaz de cualquier cosa por su mujer.
Rubén parpadeó, observando cómo ella se acercaba y apartaba la
jeringuilla a un lado, antes de acariciarle el torso hasta bajar a la bragueta
de su pantalón.
—Hazme tuya, llévame presa a tu castillo, seré tu esclava si lo deseas.
–Rebeca pensó que sonaba convincente, aunque por dentro estaba como un flan.
—¿En serio lo dices?, ¿vendrás conmigo?
—Al fin del mundo.
Rubén se metió la inyección en el bolsillo y cogió a su mujer por la
cintura, arrimándola a su cuerpo, permitiendo que sintiera toda su virilidad.
Ella se frotó, melosa, ofreciendo su boca para que él la tomara. Después de un
intenso beso se echó para atrás y se quitó el sujetador, con los ojos fijos en
su amante, tirándolo al suelo con picardía. Rubén, con la vista nublada por el
deseo, se acercó a ella y le besó los pechos con glotonería. Ella se dejó
hacer, permitiría que usara su cuerpo; y fingiría, no le quedaba otro remedio.
La policía ya
se había ido, por fin había terminado su calvario. A Lordrubencio le esperaban
unos años en la cárcel. No había sido fácil, pero se las ingenió para ofrecerle
un café postcoital cargado de somníferos. En un principio había pensado en
clavarle la jeringa, no obstante, pensó que, tal vez, esa era la prueba que le
incriminaría en lo sucedido con Sara, así que decidió no tocarla. Y ella —¡quién
se lo hubiera dicho!— relajada después de una tarde que, después de todo, había
sido placentera.
Aunque, lo que
más le impresionaba, era los pensamientos que tenía respecto a su amiga: el
regocijo al saber que ya no se girarían a mirarla por la calle cuando pasearan
juntas. Eso de que la belleza está en el interior era una falacia —pensó
la mujer—,
ver veríamos si el Ken pensaría también lo del roto y el descosido…
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