Que lance la primera piedra el
escritor indie que no haya oído esto alguna vez: necesito una prueba de tu
escritura.
Y es razonable, por supuesto,
porque un autor con editorial tiene un buen aval, mientras que los
autopublicados tenemos que labrarnos nuestro propio camino a tientas: sin un
nombre y con la huella de la desconfianza.
Es por eso que publicaré en este
blog algunos de mis relatos. Así podréis juzgar vosotros mismos la calidad de
mis letras, y si os doy o no con el gusto (escritoril, por supuesto).
Adelante pues…
TRAS EL CORRAL
Esta es una historia sin
importancia, que se desarrolla en un pueblo sin importancia, sobre unas
personas poco importantes. Pero, como hasta el aleteo de una mariposa
puede tener su importancia, presta atención.
Clara era una mujer sencilla y humilde, cuya única pretensión era
agasajar a su marido. Labraba la tierra con dedicación y cuidado, como todo lo
que hacía. Su rostro, tal parecía dibujar un corazón, y el pico de viuda que
coronaba su frente, acentuaba ese efecto.
Su marido, apodado El Sombrío, se mostraba al mundo huraño, vestido con harapos, cual mendigo a la puerta de una iglesia;
hombre de pocas palabras y mal humor.
Ambos vivían en una casa discreta, arcaica para la época. Suficiente para ellos
dos.
Los vecinos más próximos estaban a una hora a pie de
distancia, pues a la pareja le gustaba la soledad. No recibían muchas visitas,
solo compradores de huevos de gallina, ya que eran conocidos por tener los más
sabrosos de la comarca.
En los últimos tiempos, la pareja padecía por el
ruido que causaba el aeropuerto recién estrenado. Cada poco, surcando el cielo, los aviones se elevaban rugiendo como leones, ensordeciendo a
El Sombrío, que se encogía tapándose
los oídos, deseando que acabara pronto su calvario. A él,
que adoraba el silencio, que no solía hablar
más que con monosílabos a su esposa, el sonido le traía malos recuerdos. Clara,
sin embargo, se lo tomaba con filosofía, pues había aprendido hacía tiempo a
conformarse.
Una tarde, la mujer cuyo rostro refulgía amor, dejó
a su esposo en el salón,
descansando, mientras ella ponía trampas
para las ratas que hacían peligrar a sus adoradas gallinas. En tanto que Clara
colocaba el queso, una niña se situó, sigilosa, tras la campesina, observando
cómo llevaba a cabo su labor.
—Señora, ¿es verdad que aquí vive el diablo? –dijo la chiquilla con voz inocente.
Clara se sobresaltó al oír el dulce sonido, y lanzó
una mirada a la niña, entre
divertida y enfadada.
—Dile a tus papás, que es de muy mala educación
criticar a sus vecinos.
La muchacha no retrocedió, sino que se mantuvo
erguida, sin quitar ojo a su interlocutora.
—Mis papás no critican, solo me advierten que no
debo acercarme a la casa del diablo.
—Entonces, ¿qué haces aquí? Eres pequeña para un
trayecto tan largo. Te podría pasar como a la niña de la caperuza roja. ¿Sabes de quién hablo?
La chiquilla, que no tendría más de ocho años,
asintió con la cabeza y echó a correr
sin decir adiós.
Clara sonrió, observando a la niña alejarse dando
saltitos. Decidió no contarle lo sucedido a su marido, pues únicamente serviría
para acrecentar su rabia. Ahora, debía dar de comer a sus bebés de plumas
brillantes.
—Las mimas demasiado, mujer. A este
paso, gastaremos toda su comida y, ¿cómo piensas reponer? –El Sombrío paseaba
inquieto, de un lado para otro de la cocina, justo cuando Clara preparaba el
pienso.
En los últimos tiempos, su esposa despilfarraba
demasiado. Pronto tendrían que pensar en una solución realista. Clara estaba a
punto de cumplir los 28; a partir de ahí, la mujer empezaba a ser menos fértil.
Tendrían que pensar en tener hijos para que, en un futuro, se ocuparan de la
granja. No le gustaba demasiado la idea. Él no había tenido una infancia feliz,
y su vida actual tampoco era fácil. A veces, se sentía prisionero en una cárcel sin barrotes físicos, pero
muchos emocionales. Tampoco sabía si sería un buen padre. No repetiría
patrones, eso lo tenía claro, pero no estaba seguro de querer prolongar esa
vida campestre. Si conseguían tener
descendencia irían a la ciudad; ya había pasado mucho tiempo como para que
nadie les reconociera.
—No te preocupes tanto. Siento una simiente en mi
interior que germina despacio. Pronto se acabarán nuestras preocupaciones.
El Sombrío torció el gesto, disgustado por cómo
Clara hablaba de su futura prole.
—Este niño nos ayudará en las labores, mujer, no
servirá a otros propósitos.
—Pero…
—No hay nada más que hablar, así será. –El hombre se
dirigió a su habitación, dando un portazo tras de sí. La decisión estaba
tomada.
—Te digo que sí, mamá, que les dio de comer un trozo de oreja. –La niña
puso los brazos en jarra, enfadada porque su madre no la creyera.
—Eres muy fantasiosa, Lucía. Las gallinas no comen
carne, y menos humana. –La mujer estaba dando la vuelta al pollo que tenía en
el horno, algo que le pareció divertido dado el tema que estaban tratando.
—Ah, ¿no? Y tú ¿qué sabes?
—Ay, cariño, que sabe más el diablo por viejo.
Además, ¿cómo hiciste para que nadie te viera? –Cerró la puerta del horno y se
dio la vuelta, enfadada, pensando en que su hija se había librado por poco de la ira de
sus vecinos. Tenían fama de cascarrabias, en especial el hombre.
—Papá siempre dice que soy ágil como una gacela, y
con el ruido de los aviones es fácil disimular las pisadas.
—Quita, quita, deja de decir chorradas, Lucía, que
tengo mucha faena. –La mujer negó con la cabeza, dando la espalda a la niña.
—Pero, ¿y si es verdad lo que dicen? ¿Y si comen
niños? –Lucía abrió los ojos, intentando dar énfasis a sus palabras.
—Con no volver a aparecer por allí, solucionado.
Deja de molestarlos o se enfadarán.
Lucía frunció el ceño, había esperado un poco más de
atención por su parte. Pero no importaba. Viviría una aventura y acabaría con
los malhechores, como Sara y Tadeo Jones. Después sería considerada una
heroína.
Le tomaría prestada la cámara de fotos a su padre; necesitaba
pruebas. Suponía que eso no se consideraba robo, ya que una buena detective
tenía que ser legal. Esperó a
que su madre saliera al patio para entrar en la habitación de sus progenitores
y buscar el objeto deseado. Tuvo un poco de cargo de conciencia al cogerla; si
la estropeaba, su padre se enfadaría. Se la colgó al cuello y la escondió bajo
su camiseta. Ya estaba preparada para su misión.
El Sombrío fue a dar un paseo. Nada le disgustaba más que discutir con
su esposa. Estaba harto del ruido de los aviones, de la huerta y, sobre todo,
de las dichosas y sucias gallinas. Clara se desvivía por ellas, no entendía
cómo podía conceder tanta importancia a las apestosas aves. Cierto que eran su
sustento, pero podrían salir adelante con otros medios. Su vida, como creía
ella, no dependía en exclusiva de la venta de huevos. A veces se preguntaba qué
hubiera sucedido con sus vidas si cada uno hubiera tomado su camino. Se sentía
tentado a dejarla, había días que apenas soportaba su presencia. Pero, en el
fondo, la necesitaba; de una manera enfermiza, pero así era. Era un hombre
demasiado leal.
En su caminar, creyó ver una pequeña cabeza rubia
que es escabullía tras los matorrales. ¿Quién sería? Decidió seguir sus pasos y
descubrir lo que se traía entre manos.
La campesina estaba en la huerta y, a través de las ventanas, comprobó que la casa estaba vacía,
ni rastro del hombre. Resuelta, Lucía entró, sabía dónde tenía que buscar. El
bote con los restos de niños mutilados se hallaba en la cocina, lo había visto
con sus propios ojos, así que, solo tenía que hacer unas fotos y largarse. Muy
sencillo, y después, sería conocida como la rescatadora de niños, la honorable
detective que logró la captura de dos infames asesinos. Ya podía ver a los
niños en el patio, preguntándole de dónde había sacado tanta valentía.
La tapa del tarro era de rosca y estaba apretada
tan fuerte que, por un momento, creyó que no podría abrirla. Al fin cedió, y la
niña desparramó sobre la mesa parte de su contenido. Adoptó una mueca de asco
al exponer el macabro alimento. Trozos de cartílago de oreja, dedos diminutos
troceados, y a saber qué más. Sacó la cámara y disparó unas cuantas fotos. Con
eso le bastaría para completar su tarea.
—¡Qué haces, niña!
Lucía se giró, asustada, descubriendo a la mujer con
el rostro desencajado de furia. Presa del pánico y sintiéndose acorralada echó
a correr hacia la puerta, pero Clara le agarró del brazo impidiendo la huida.
—¿Dónde crees que vas?, entrometida. –La campesina
le arrebató la cámara de las manos y la tiró con fuerza al suelo.
—Suéltala, mujer. –Detrás, El Sombrío contemplaba la
escena.
—No podemos, sabe demasiado. –La mujer apretó con
fuerza a la chiquilla, que empezó a lloriquear–. La utilizaremos de alimento,
así tendremos pienso de sobra y podremos quedarnos con el bebé, como tú
quieres.
—¿En qué te has convertido? ¡Eso es asesinato!
—¿Y lo de nuestros hijos no?
—Papá y mamá nos enseñaron a hacerlo así. Si lo
haces antes del primer llanto no acabas con su vida, simplemente no se la das.
—No seas tonto, a todos y cada uno de ellos les
latía el corazón.
—No es cierto.
—Claro que sí, don sensible. Eres igual que papá:
pusilánime y cobarde. ¿También tú quieres abandonarnos?
El Sombrío se estremeció. Primero de pena, y después
de rabia. Se acercó a su hermana, la asió y la zarandeó con fuerza, provocando
que esta soltase a la niña, que huyó despavorida aprovechando la oportunidad
que se le brindaba.
El hombre estaba enloquecido; Clara gritaba, y los
aviones rugían sobre sus cabezas, ajenos a la desgracia que ocurría tras el
corral.
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